Posteado por: decanodiego en: 22/05/2010
Todavía recuerdo aquel anuncio de una marca de coches que envalentonaba a los jóvenes de nuestra generación: “JASP, joven aunque sobradamente preparado”. Sin comerlo ni beberlo, quedó como un eslogan más para un grupo de nuevos adultos que estaban abriendo el mundo en esos momentos. Hijos de los que vieron el paso a la transición, nos faltaba una referencia más cercana para sentirnos importantes. “Algún día el tedio de la juventud dará un fruto hermoso”, escribía Manuel Vicent. Y así empezamos a luchar, buscar nuestro punto de rebeldía. Primero fue en la manifestación contra la LOGSE, la más numerosa de estudiantes en toda la historia de España. Después y de manera casi unánime, la del NO A LA GUERRA. No teníamos graves enfrentamientos en nuestro propio país, pero éramos conscientes que el mundo tenía sus problemas, y no teníamos miedo, como la generación de nuestros padres, a mostrar nuestra opinión. Daba igual si en público o en privado. Queríamos que se nos oyera, y sabíamos que teníamos derecho a hacerlo. Y lo que era más importante, éramos conscientes de que nuestra opinión valía mucho. Incluso para ganar elecciones.
Con el tiempo nos hemos hecho mayores (o nos estamos haciendo) y la generación de nuestros hermanos pequeños, o incluso nuestros hijos, es la que marcará el rumbo de nuestro país. Hace unos años, con el boom inmobiliario y los trabajos mecánicos donde el sueldo era mayor del de un ingeniero o un profesor, fueron transimtiéndose por el boca a boca la comodidad de ganar mucho y estudiar poco. Se dejaron los estudios y se metieron a albañiles, peones, aprendices de cualquier oficio que no supusiera mucho esfuerzo intelectual. Era duro, cierto, por eso el fin de semana desconectaban con alcohol, sexo, drogas y algo de vandalismo. Algo parecido a nosotros, pero sin ser una válvula de escape. No les encuentro inquietudes intelectuales, ni emotivas, ni políticas. Con la crisis han perdido la ilusión y la fé en sí mismos y entresemana se quedan en casa de los padres hablando de perogrulladas con la webcam del messenger o del facebook. Pero ninguna conversación rueda en torno a “los jóvenes acabaremos con la crisis”. Cuentan las horas para el fin de semana sin saber lo que es una obra de teatro, o una exposición, ni siquiera una concentación o una manifestación. Se enorgullecen cuando les llaman chanclis, o NI-NI -ni trabajan ni estudian-, como si el hecho de no tener un referente ideológico en la vida fuera algo de lo que presumir. El tedio de la juventud del que hablaba Manuel Vicent ahora dudo que pueda dar algún fruto. Ojalá me quiten la razón, pero a esta generación le falta el espíritu de lucha que tenía la nuestra. Y tal vez hayamos sido nosotros los que no se la hayamos podido transmitir.
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